Leer un libro: el placer de habitarlo, la tristeza de soltarlo
- Jess Fernández Bogado

- 23 abr
- 4 Min. de lectura

El domingo terminé de leer otra novela. Desde hace un buen tiempo tenía entre mis pendientes conocer más de la literatura latinoamericana. Ya había leído a García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar; conocí la narrativa de Onetti, Carlos Fuentes y Galeano, pero sabía que me faltaba algo. No había leído a una sola mujer. Fue entonces cuando empecé a investigar e hice mi lista: Sor Juana Inés de la Cruz, Isabel Allende y Gabriela Mistral serían las elegidas para comenzar.
La casa de los espíritus y Paula llegaron en un paquete de Amazon a mi casa hace unos meses. Sí, soy de las que sigue prefiriendo leer el libro físico, oler la tinta en el papel y sentir su textura en las yemas de los dedos. El primero me lo devoré en dos semanas. No podía parar. Necesitaba saber más de la familia Trueba y de todos los secretos que escondían en su casa de Tres Marías.
Y llegó Paula, un libro que me conmovió hasta el alma. Llegó, además, en un momento personal en el que necesitaba conectar con mujeres, con la empatía verdadera, con esa sororidad real y esa conexión femenina legítima que a veces cuesta tanto encontrar. Isabel Allende me atrapó con su historia de vida y la tristeza me embargó cuando leí la última página de aquel libro. ¿Cómo es posible que un libro y una escritora logren semejante cercanía?
Y quizás por eso terminar un libro da tanta pena. Porque una no solo acaba una historia, también se despide de una rutina secreta. De ese momento del día que era suyo y de nadie más. Del café al lado, de la página doblada, de la excusa perfecta para desaparecer un rato del mundo. Hay libros que no solo se leen, se instalan en la vida cotidiana, se vuelven refugio, conversación interna, pequeño ritual. Y cuando se terminan, dejan ese vacío raro que solo entendemos quienes alguna vez nos encariñamos demasiado con personajes que, en teoría, ni siquiera existen.
Fue entonces cuando entendí que la literatura no es solo entretenimiento, es historia real entrelazada con ficción. Es una herramienta fundamental para pensar con criterio y criticar con perspectiva. Es un espejo, un reflejo de lo que somos y del momento que estamos viviendo.
Crecí rodeada de libros, de una biblioteca inmensa que, cuando era niña, me parecía casi un territorio sagrado, crecí viendo pilas de libros en la mesita junto a la cama de mi padre, como si siempre hubiera algo importante (o hermoso) por terminar o por empezar. Crecí con libros en la sala, en la cocina, en rincones donde uno supondría que solo cabía la rutina. En mi casa, los libros no eran adorno ni pose intelectual, eran parte del paisaje, de la intimidad, de la vida misma. Y quizás por eso leer nunca fue para mí una costumbre adquirida, sino una forma natural de estar en el mundo, de entenderlo, de refugiarme en él y, a veces, también de escaparme un poco.

La lectura siempre ha sido parte de mi realidad. Creo que, más que por obligación, fue por el ejemplo que vi en mi hogar que adopté esa rutina fascinante de perderme en historias de suspenso, intrigas y romances. Lo mío, lo mío, son las novelas. Esas en las que puedo imaginar cada situación o personaje, en las que me pierdo por completo de la realidad y le doy rienda suelta al ingenio de mi cerebro, empujándolo a volar por distintos universos.
Leer educa y amplía nuestro horizonte mental. Leer extiende el vocabulario y agudiza los sentidos. Leer ayuda a desarrollar el pensamiento crítico y a vivir una misma historia desde distintos ángulos: el del escritor y el propio. Leer ha sido para mí una salvación en tiempos de tristeza, una compañía en tiempos de soledad y un motivo de conversación con conocidos o extraños. Y aunque he leído un puñado de libros, sigo sintiendo que nunca es suficiente.
Porque además leer tiene algo de adicción elegante, y es que una empieza con un capítulo y termina negociando con el sueño, diciéndose “uno más” como si no supiera perfectamente que eso jamás significa uno más. Algunos libros se meten en la cama deshecha, en los domingos silenciosos, en la pausa del almuerzo, en la espera del algún hospital, en una noche cualquiera en la que una necesitaba un poco de escape de esa rutina o realidad que estamos atravesando.
La necesidad de perderme en palabras, frases y capítulos hoy es parte de mí. Leer me ha ayudado a escribir mejor, a desarrollar ideas con palabras nuevas y a esbozar textos como este, donde puedo compartir vivencias. Porque la lectura y la escritura son acciones complementarias, nombrar una es, de alguna manera, invocar a la otra.
Ya sea por obligación o por convicción, por necesidad o por placer, leer nos hace libres y pensantes, dos condiciones fundamentales para progresar como sociedad. Pero también, y quizás sobre todo, leer nos vuelve un poco más humanos, más sensibles, más curiosos, más conscientes de nuestras propias grietas. Es una rutina, sí, pero también un deleite, un refugio, una forma silenciosa de resistencia. Lo que sí es cierto, es que una de las pocas tristezas hermosas que existen en esta vida sigue siendo esa, llegar a la última página de un libro que una, en el fondo, no quería terminar nunca.




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