apuntes de VERANO
- Jess Fernández Bogado

- 23 feb
- 12 Min. de lectura
Actualizado: 26 feb

Este texto (largo) es la suma de ideas, párrafos, apuntes que fui haciendo en las notas del celular en los últimos seis meses. No sé si sea la temporada de eclipses, el inicio de un nuevo año o que al fin me siento lista, pero hoy, en una suerte de catarsis y "ritual" de cierre, decidí volver a ellas. Para hilarlas, para juntarlas como un niño con su rompecabezas, para regresar a leer a esa persona que fui, ser gentil con ella y aplaudir a la que soy hoy. Para al fin dejar de hablar del tema con tristeza, sino como una lección, un gran aprendizaje. Así que aquí va, sin mucha edición, pero con una buena dosis de emoción.
Esto va de un vínculo amoroso, apasionado, alocado, de esos que son remolino y tormenta, viento fuerte y ola enorme que te sacude y te mete arena en lugares que no puedes imaginar. De esos que te inyectan dopamina como si fuera heroína que corre por las venas, que te zarandean y casi casi no te deja pensar. Si pasaste por algo similar quizás te resuenen ciertas cosas, si no, igual quédate acá, que es una lectura que puede ser didáctica y entretenida.
Hay relaciones que no terminan el día que se terminan, se quedan un tiempo más viviendo en el cuerpo como una alarma mal calibrada. Como un nudo en la garganta y la respiración agitada. En esa costumbre de leer entre líneas incluso cuando ya no hay conversación. En la sospecha que queda encendida como una luz de pasillo. En el sistema nervioso, que tarda en entender que la guerra, al fin, terminó.
Hoy escribo, para purgar, para purificar como el cloro al agua. Escribo para hacer espacio a lo nuevo, sacudir el polvo, resetear la máquina. Y que coincidencia, justo hoy, un lunes de Febrero, donde en este preciso momento veo a través de mi ventana como del cielo está cayendo una tormenta tremenda, con rayos, con truenos. Yo soy muy supersticiosa, así que creo que la lluvia llegó para terminar de limpiar(me).
Durante un buen tiempo me hice la misma pregunta, una y otra vez, con distintas palabras, ¿por qué extrañaba tanto, si no me hacía bien? Entre conversaciones con amigas (clave tener buenos vínculos de amistad), terapia, muchos silencios en soledad y una buena parte del verano sin redes sociales, lo cual por cierto, me ayudó a despejar la mente y evitar tantas distracciones, entendí que lo que extrañaba eran ciertos gestos. Extrañaba una presencia, la idea de compañía en días concretos, el ritual pequeño, el abrazo, el desayuno compartido, la música nueva sonando de fondo en una mañana cualquiera. Extrañaba escenas. Pero no lo que esas escenas escondían.
Debajo de esa aparente ternura sucedían muchas cosas, cosas que me tomaron mucho tiempo descifrar, reconocer. Mi sistema nervioso central estaba siempre en alerta, hipervigilante, con una sensación de peligro que no siempre tenía nombre, pero sí consecuencias. ¡Que cansado!, era como correr 3 veces seguidas la maratón de Nueva York sin parar, sin hidratación. Es increíble como el ser humano se acostumbra tanto a sobrevivir que olvida cómo se siente habitar la paz. A mi se me olvidó por completo. Porque sí, si saben el significado de la palabra "límites", aquí se cruzaron absolutamente todos.
Hay personas que tienen una capacidad de mentir muy ingeniosa. Y no hablo solo de la mentira como hecho puntual, sino de la erosión silenciosa que produce. Esa mentira que desgasta la percepción, que desordena el mundo interior y hace de la confianza una simple palabra. Que tergiversa y manipula, que pone en duda tu inteligencia y tu propia lectura de la realidad. Y ese es uno de los daños más profundos, cuando no solo se quiebra el vínculo, sino también la relación que tienes con tu intuición, con las señales que te manda el cuerpo. Recibí tantas, fueron innumerables y las pasé por alto. Había algo en la boca de mi estómago que me decía "No, acá no es". Pero ahí va una de terca, jugando a la ruleta rusa, sabiendo en el fondo, que ese no es el camino.
En un intento de que la cosa funcione, quise abrazar sus traumas. Mirar con amor aquello que lo había roto, comprender, contener, esperar, ayudar a crecer, académica y profesionalmente (¿tome un rol de madre quizás? ¿era un proyecto personal?), porque según yo, eso es lo que hace una cuando ama. Quise creer que la empatía, el cuidado y la paciencia podían hacer su parte. Pero hay dolores que una no puede sanar desde afuera, por más amor que ofrezca. Hay heridas ajenas que, si no son asumidas por quien las carga, terminan volviéndose territorio arrasado para todos. Como un huracán que se lleva lo que encuentra a su paso.
Junto a lo anterior, también logré identificar algo aún más brutal: nuestros valores no empataban. Aquí quiero hacer una aclaración, no era una diferencia de gustos. No era una discusión de formas. Era una fractura ética, profunda. Una distancia de fondo entre lo que para mí es sagrado en un vínculo, y lo que para el otro parecía negociable. Y cuando una permanece mucho tiempo en una historia donde lo esencial no coincide, en algún momento empieza a romperse hacia adentro. Hay personas que se sienten más cómodas en la obscuridad, se mueven mejor en las sombras, ignoran su potencial, su luz, su talento. Todo eso que yo si vi, pero del otro lado no.
Hubo algo más que hoy también puedo decir sin vueltas: recibí muchas alertas. Muchas.
Personas cercanas, personas que conocían sus andanzas, que sabían cómo se desenvolvía, sus mañas, sus trucos, sus formas de moverse en los vínculos y en los relatos. Hubo ruido. Mucho ruido. Y cuando hay tanto ruido alrededor de alguien, algo te está queriendo decir la vida. Pero yo, decidí apostar. Decidí darle el beneficio de la duda, decidí creer, tal vez desde mi propia necesidad de sentido, que la gente puede cambiar. Y sí lo creo, creo en los procesos. Creo en la conciencia, en la reparación, en el trabajo interno, en enmendar y recomponer. Pero también aprendí algo doloroso, la esencia no cambia porque una ame más fuerte. Hay árboles que, cuando crecieron torcidos, no se enderezan con paciencia ajena. Finalmente comprendí que no se trataba de si yo era una persona especial o no (el ego juega un tremendo rol ahí), más bien era la absurda idea de que haya una intención consciente de cambio. No hubo, no iba a haber. Y yo necesitaba quizás, experimentar y dejarme aleccionar por la vida.
He perdido la cuenta de las veces que me pregunté, con vergüenza a veces, con tristeza otras ¿por qué estuve tan cegada?, ¿yo, una persona tan preparada académicamente? ¿con tanta "experiencia" en la vida? Bullshit. La respuesta no es elegante, pero es honesta, los caminos se cruzaron en un momento sumamente vulnerable de mi vida, de cambios enormes, de grandes sacudidas. Y cuando una no está bien, ¿qué es lo que puede atraer? Hay etapas en las que una no está rota de forma visible, pero sí más expuesta. Más sola. Más necesitada de descanso, de ternura, de alivio. Y en esos momentos, una puede confundir intensidad con amor, presencia con compromiso, promesa con verdad. Y querer creer, a veces, también ciega. Ahí es cuando una debe recordar aquel pensamiento popular: "Nunca respondas cuando estés enojado, nunca prometas cuando estés feliz y nunca tomes decisiones cuando estés triste". Lección aprendida...
Entre las tantas cosas que fui apuntando, rescato este párrafo:
Cometí algo que hoy miro con mucha seriedad y celo, involucré demasiado, involucré en mi círculo más privado. Compartí partes sensibles de mí, de mi historia, de mi mundo. Abrí espacios que no eran menores. Di acceso a una zona que para mí es sagrada. Y cuando del otro lado no se manejan los mismos códigos, esa apertura duele el doble. Porque no solo sientes que te lastimaron, sientes una invasión a un territorio al que no todos tienen acceso. Lección aprendida...
Pero bueno, basta de victimización, que una también es adulta y se supone que sabe discernir entre el bien y el mal. Yo también tengo responsabilidad en lo que viví, y nombrarlo no me humilla, me ordena.
No en aquellas mentiras.
No en la falta de respeto.
No en las versiones tergiversadas.
No en el desprestigio ni en las historias insinuadas con malicia, dichas como quien necesita construir una coartada moral porque es lo único que queda para salvar la imagen construida.
Pero sí en haber permanecido más tiempo del que mi paz podía tolerar.
Sí en haber intentado sostener lo insostenible.
Sí en haber normalizado un estado de alerta que nunca debió volverse cotidiano.
Sí en haber confundido empatía con autoabandono.
Sí en haberme puesto en un lugar que no debía.
Y también, esto me cuesta, pero lo reconozco, en no haber sabido gestionar algo que me era profundamente ajeno. Y es que mi idea de vínculo nunca fue aquella montaña rusa de dopamina un día y ansiedad en el subsuelo al otro. No eran los desplantes. No era el drama. No eran los altibajos como forma de vínculo. No era vivir reaccionando a crisis que aparecían una y otra vez. Yo no venía de ahí. No tenía ese lenguaje emocional incorporado y, en lugar de retirarme cuando entendí que ese mundo no era el mío, me quedé tratando de entenderlo, de ordenarlo, de traducirlo. Ahí también (me) fallé. No por amar, sino por insistir en una estructura que iba en contra de lo que yo entiendo por amor. Para mi, una relación, cualquiera sea esa (amorosa, familiar, de amistad, laboral) no debería desregularte como regla. No debería dejarte exhausta. No debería pedirte que sacrifiques tu paz para sostener una intensidad que, de tan adictiva, termina pareciéndose más al caos que al amor.
Otra herida, más silenciosa, pero no menor, fue descubrir tantas mentiras tan minuciosamente narradas, ver cómo algunas personas elegían una versión de la historia sin siquiera preguntarse qué había del otro lado. La rapidez con la que se instala una narrativa, la facilidad con la que se habla de una mujer, vaya, de una persona, sin conocer su verdad. Hay algo profundamente violento en eso. No solo porque duele. Sino porque intenta tocar tu integridad, tu nombre, tu dignidad.
Y cuando además aparecen insinuaciones, relatos torcidos, comentarios que buscan deshonrar lo que eres y lo que viviste, una entiende que la falta de respeto no termina con la ruptura... a veces recién ahí muestra su forma más baja. Porque como leí hace un tiempo atrás "...cuando comprendes que toda opinión es una visión de la realidad del otro, es cuando notas que todo juicio es una confesión".
Hay algo que también me quedó rondando en mi cabeza, como esas verdades chiquitas que aparecen cuando el ruido baja: la caballerosidad. Y no, no me refiero al “a ver quién paga” o “quién abre la puerta”. Hablo de otra cosa. De criterio. De esa educación silenciosa que uno trae de su hogar y que se nota en los detalles, en cómo un hombre te habla cuando está enojado, en cómo te nombra cuando no estás. Caballerosidad, para mí, es respeto sostenido. Es cuidar la palabra. Pero vivimos en tiempos donde pareciera que esos principios se están perdiendo, o peor, se están confundiendo con gestos vacíos que no tienen ética detrás. Por eso creo que volver a esa decencia básica no es nostalgia, es urgencia. La forma en que un hombre se comporta, habla muchísimo de la educación que recibió, pero también de la conciencia que decidió construir.
¿Y qué hace una con los proyectos que se imaginó alado del otro?, ¿la vida que, en la cabeza, podía existir si ciertas piezas encajaban?, ¿el futuro armado de escenas simples y hermosas que no llegaron a nacer?. Hay duelos que no se lloran solo por una persona, sino por una posibilidad. Y aceptar que una posibilidad era apenas eso, una construcción íntima, una casa sin cimientos, duele de una manera muy particular.
Bueno, bueno, bueno... pero no todo fue drama en esta historia.
Si algo me sostuvo cuando todo parecía caos, ha sido mi red de contención.
El amor, cuando es sano, a veces llega así, en forma de una comida caliente en casa de Gaby, mientras recuerdo lo que es ser niña de nuevo jugando con su hija Josefina en el suelo, en una caminata en el Parque con Clau, en un almuerzo improvisado con Andre o Rebe, en una llamada larga con Marisol, en los memes que me comparto con Ale y Mariana, en una merienda de sábado por la tarde con Sandra, Leti y José, en videollamadas con Marcela y Mika, en sesiones con Silvana, en las risas con mis hermanos, en los consejos firmes de mi cuñada, en el abrazo y la ternura de mi madre, en la mirada tan racional, fina y caballerosa de mi padre. En el silencio compartido, de “vení”, de “te creo”, de “descansá”, de "no te des tanto palo ya". Y también en la sororidad. En mujeres que me sostuvieron con una delicadeza inmensa, que supieron estar sin invadir, que me recordaron mi valor cuando yo todavía estaba en proceso de recomposición. En un mundo que tantas veces juzga rápido a las mujeres, encontrar esa red de cuidado y respeto fue una bendición silenciosa.
Y un día apareció Paco. Ese ser vivo de cuatro patas, mi compañero, mi pequeño testigo de este proceso. El no lo sabe, pero llegó a mi vida y se volvió una compañía vital. Hay una ternura que solo los animales saben ofrecer, esa forma de estar sin pedir relato, sin hacer preguntas, sin exigir coherencia. Su presencia me devolvió rutina, movimiento, alegría pequeña. Me enseñó, en sus tiempos simples, que la vida también se recompone desde lo mínimo, con una caminata, un cuerpo tibio a un costado mío. Verlo crecer, jugar, descubrir el mundo a su lado, ha sido una gozada tremenda.
Estoy re aprendiendo a estar sola. Y no lo digo desde la épica ni desde el discurso de autosuficiencia. Lo digo desde un lugar más verdadero, estoy volviendo a conocerme en la quietud, sin ruido, sin intensidad. Estoy descubriéndome en actividades nuevas, en hábitos que antes no tenía, en versiones de mí que no estaban desaparecidas, solo estaban dormidas. Volví a bailar, a reír, a salir de noche con nuevos amigos, a ejercitar con más intención, a dormir en paz. Hay algo profundamente hermoso en eso, volver a habitarse sin miedo, hacer espacio, escucharse, elegirse en lo cotidiano. No todo es lineal, claro.
No voy a mentir, porque soy malísima en ese arte, quienes me conocen verdaderamente lo saben. No es que no mienta, ojo, porque todos mentimos, el problema es que se me nota a kilómetros, en mi mirada, en mi lenguaje corporal, en mi incomodidad, más temprano que tarde te diré la verdad. Así que, acá va, desde mi total vulnerabilidad:
No todo fue malo. Hubieron momentos increíbles, hermosos, geniales. Pero eso no exime todo lo demás. El cuerpo recuerda antes que la razón, hubieron días en los que la nostalgia intentó editar la historia y dejar afuera el daño. En los que sí, mandé mensajes, y luego me arrepentí, días en que quise llamar, buscar, pero no lo hice. Días en los que el corazón intentaba volver a una escena y la conciencia tuvo que recordarle el precio. Pero ya (¡al fin!) no vivo ahí, y eso, aunque todavía duela por momentos, también es una forma de libertad.
Con el tiempo llegó el perdón. No como un gesto grandilocuente, no como reconciliación, no como puerta abierta. Llegó como descanso. Perdoné para soltar el peso. Para que aquella sombra no siguiera ocupando habitaciones dentro mío. Para dejar de llevar una guerra, perdoné para soltar y dejar ir. Perdoné, sí, pero aún no puedo hablarlo. Y tal vez no pueda por un tiempo. Tal vez nunca, porque perdonar no obliga al diálogo y tampoco condiciona cercanía. Por lo pronto, cuando cae la noche y mi cabeza toca la almohada, no hay nada que me dé más paz que una conciencia tranquila. Lo más triste, quizás, es que algunas personas no puedan experimentar nunca algo tan hermoso como eso.
Quedaron tantas preguntas, que quizás el tiempo o una sobre mesa con amigas (y un par de botellas de vino, claro que sí) me ayudarán a resolver...
¿Cómo vuelve una a confiar en la intuición después de haberla silenciado tanto tiempo?¿Cómo se recupera la paz en un cuerpo que aprendió a vivir en alerta?
¿Cómo se distingue, con el corazón abierto, la ternura real de la intensidad que solo seduce?
¿Cómo se honra lo vivido sin romantizar el daño?
¿Cómo se reconstruye la dignidad cuando intentaron ensuciar tu nombre?
¿Cómo se vuelve a amar sin traicionarse?
¿En qué momento exacto el cuerpo deja de esperar la tormenta?
No tengo todas las respuestas.
Pero sí sé esto, estoy volviendo a mí.
Más despierta.
Más generosa conmigo, y con una verdad que ya no pienso negociar.
Y como el tema de este texto catártico, crudo y honesto es el amor y estamos en el mes en el que se lo celebra, parafraseo a Zygmunt Bauman y su idea de “amor líquido”, donde dice que en tiempos de posmodernidad los vínculos humanos se han vuelto muchísimo más frágiles y descartables, dopamina rápida, fácil. Si antes las relaciones solían construirse con mayor duración y compromiso, hoy prevalece una lógica más efímera, se lo abandona y se busca otro, muchas veces en función de nuevas expectativas, ¡cuánto vacío!. Vivimos tiempos de una superficialidad atroz, le tenemos terror a mostrarnos vulnerables, olvidamos que el amor es la fuerza poderosa que mueve al mundo, y en esta realidad muchos (quizás de manera inconsciente) dejan ir un amor bonito, tranquilo, estable, por placeres momentáneos, por validación externa, por estupidez humana. Que complejos somos.
En fin, yo decido rebelarme, de evitar esos vacíos y llenar esas cavidades de sentimientos profundos. Porque sí, se terminó una historia, una que me enseñó tanto, que me recordó que amo amar, que soy de las que ama intensa y profundamente. Soy una romántica empedernida, el amor es mi bandera. Y de amar, ¡una nunca se arrepiente! total, como bien lo dijo Bad Bunny en una canción reciente:
Toca seguir, pichar y olvidar
Y más adelante
Si hay que enamorarnos de nuevo, nos volvemo' a enamora'
Ahora si. Inhalar, exhalar, suelto y dejo ir.
❤️




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