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Día Internacional del Beso: una pequeña ceremonia, con boca y memoria

Escena final de la película Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988)
Escena final de la película Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988)

Me acabo de enterar que hoy es el Día Internacional del Beso, y claro, el mundo decidió dedicarle un día entero a ese gesto que puede ser ternura pura o el inicio de un gran error logístico/emocional dependiendo del contexto. Porque un beso es una cosa aparentemente simple, dos bocas que se encuentran, pero en realidad es un idioma entero, un acuerdo tácito, una señal de “estoy acá”, un “te extraño” comprimido, un “te perdono” con lágrimas, un "te tengo unas ganas tremendas" con rabia.


Y sí, el Día Internacional del Beso se conmemora el 13 de Abril, pero esto no impide que lo celebremos cualquier día, porque a estas alturas ya sabemos que la vida no sigue calendarios, apenas intenta sobrevivirlos.


El mapa emocional de la boca...

Los besos vienen en muchas versiones, como las canciones, algunos se sienten épicos y otros pasan rápido pero dejan huella. Está el beso romántico, claro, ese que el cine volvió cámara lenta aunque en la vida real implique narices rozando, risa nerviosa, sudor en las manos y dudas existenciales como: “¿era acá o era en la mejilla?, ¿lo estaré haciendo bien?, ¿voy más rápido o no?”. Está el beso familiar, en la frente, en la mejilla, en la cara apurada como una bendición antes de salir, ese que funciona como una manta y ritual, no pregunta, solo cubre, es el que te devuelve a un lugar seguro aunque tengas 15, 30 o 60 y pico y te creas invencible. También está el beso de los amigos, el de “te vi, te reconozco, te celebro”, el que no pide nada y por eso a veces salva más que el beso romántico, porque no trae letra chica, ni condiciona segundas intenciones. Está también el beso social, que en mi cultura se reparte en dos tiempos, es el beso automático, el que uno da sin pensar, hasta que un día se vuelve raro, o se vuelve escaso, o se vuelve un “¿nos saludamos con beso o con abrazo o con la apretón de mano?”.


Pero... hay uno que nadie defiende en voz alta pero todos entendemos, el beso robado, ese que no se negocia, el que llega como una travesura o como una invasión, porque depende muchísimo de si hubo consentimiento, y ahí el romanticismo se queda sin trabajo. El beso robado cuando no es bienvenido, no es romántico, es un límite cruzado y es importante decirlo, incluso en un texto como este que lo celebra. Pero cuando es deseado, ufff, cuando es deseado tiene ese misterio de lo inesperado, el mundo se corta un segundo y te quedas pensando “¿qué fue eso?” como si la boca se hubiera equivocado de guión.


Mis padres dándose en un beso en el Zócalo de la Ciudad de México (Jessica Fernández, 2009)
Mis padres dándose en un beso en el Zócalo de la Ciudad de México (Jessica Fernández, 2009)

Cinema Paradiso y el beso como archivo sagrado

Hay una película que para mí es una especie de altar emocional: Cinema Paradiso.


Si la viste, ya sabes que el final no se mira, se atraviesa, porque en ese épico cierre Salvatore (Toto), ya adulto, vuelve a la sala oscura, en su pueblo natal de Giancaldo, Sicilia. Ya no es aquel niño que corría entre butacas, ya no está Alfredo en la cabina, con su voz grave y su manera de cuidarlo sin decir “te quiero” de forma obvia y entonces pasa, pasa eso que estuvimos esperando la película entera, Salvatore mira el rollo que Alfredo le dejó, y ahí aparece la maravilla, ¡una secuencia de besos censurados!, todos juntos, todos recuperados, todos, al fin, liberados. Lo que el cura del pueblo había mandado cortar por pecaminoso, Alfredo lo guardó, lo preservó como quien guarda cartas, como quien guarda pedazos de verdad para el futuro y se lo devuelve a Toto cuando más lo necesita, cuando ya entendió la vida. Ese montaje es una bofetada suave, un regalo, un recordatorio de que el amor, cuando es genuino, no se censura, se guarda y se cuida, se edita con cariño, pero no se niega.


Hay algo profundamente poético en eso, Alfredo le devuelve a Toto los besos que le faltaron, los besos que le arrancaron de niño. Aquel viejo proyeccionista le permite el derecho a mirar lo que antes le prohibían como diciendo: “Ahora sí observa, ahora siente, ahora deja que te atraviese". Y esto me hace pensar que la censura no siempre viene de un cura, como lo plantea esta obra maestra de Giuseppe Tornatore, a veces viene de uno mismo. Nos censuramos besos por orgullo, por miedo, por no parecer intensos, por no “dar ventaja”, por creer que sentir mucho es un pecado moderno.


En la literatura, los besos también tienen currículum y drama propio. Shakespeare los convirtió en ritual y provocación, ahí está Romeo y Julieta, donde el beso se vuelve casi una oración con excusa romántica. Neruda los escribió desde la intensidad, besos que arden, besos que vuelven cuando ya no queda nada más que memoria y noche. E. E. Cummings, en cambio, los defendió como acto libre y total, si te obsesionas con la “sintaxis” de la vida, nunca terminas de besar de verdad. Y Bauman, sí, el mismo que nos dejó nerviosos con la modernidad líquida, nos empuja a pensar el beso dentro de vínculos frágiles, más veloces, más descartables, donde el gesto íntimo a veces dura menos que la explicación.


Y si nos vamos a la música, el beso es directamente un género. Consuelo Velázquez lo volvió súplica eterna en “Bésame Mucho”, una canción que pide beso como si fuera la última vez, porque, bueno, muchas veces lo es. Prince lo convirtió en actitud, deseo sin pedir permiso a la solemnidad, con ese pulso irreverente que te recuerda que besar también es jugar. Matt Slocum de Sixpence None the Richer lo escribió como postal luminosa, el beso como escena adolescente perfecta, con faroles, baile y una inocencia que hoy parece ciencia ficción. ¿Y Sabina?, cómo no, lo aterriza en el terreno donde más duele y más encanta, besos que llegan tarde, besos con resaca, besos con historia, besos que te dejan riéndote mientras te rompes un poquito.


Hoy pienso que hay besos que no dimos por temor a quedar expuestos, para que no nos abandonen, hay besos que dimos con el cuerpo presente y el alma en otra habitación. No me dejarán mentir, la boca tiene memoria, el cuerpo también, un beso es una escena, y hay escenas que te cambian la vida, te dan mil vueltas, te hacen sentir una cierta electricidad y hervir la sangre que corre por las venas. Como ese primero, ese nunca se olvida, ni con quien, ni el lugar, porque es torpe, patoso, tosco quizás, pero cargado de adrenalina e inocencia, ese primero es la puerta de entrada a un mundo que hasta ese momento, nos era desconocido.


No sé si el Día Internacional del Beso es para besarnos más, o para recordar qué significa besar. Porque besar no es solo un gesto romántico, es también un acto de confianza, nadie se acerca tanto a tu rostro sin permiso, nadie entra a tu espacio así nomás, porque un beso, incluso el más simple, es una pequeña ceremonia donde la distancia se rompe, el mundo se apaga un segundo, y ahí, en ese instante el tiempo para y algo adentro se acomoda.


Quizás por eso el final de Cinema Paradiso pega tan fuerte, porque nos muestra que los besos no son relleno ni adorno... Son archivo emocional, son historia, son inicio y cierre de un ritual fantástico y único, increíble y extraordinario.


Hoy, en honor a este día, yo quiero hacer algo muy simple, invitarte a reivindicar los besos, los románticos, sí, pero también los otros, los cotidianos, los que no salen en películas, los que nadie aplaude, el de mamá y papá, el de la abuela, el de la amiga cuando te mira y te dice te quiero sin pronunciar palabras. Aquel beso que no seduce, que acompaña.


Así pues, hoy, en el Día Internacional del beso, deseo que no te cortes las escenas, que las guardes, y si hace falta, un día, cuando estés listo, las mires todas juntas como Salvatore, y llores un poco, y te rías otro tanto, y vuelvas a creer, aunque sea por un minuto, en la belleza absurda de estar vivo, en que nadie te censure los besos que te hacen bien, ni un cura, ni una sociedad, ni un trauma, ni tu propio orgullo. Porque sí, a veces la vida es un caos, pero también es esto, un beso en la boca, en la frente, en la mejilla o en la punta de la nariz.







P.D.: Te dejo el link de aquel épico cierre cinematográfico donde Alfredo le devolvió a Toto todos los besos censurados y, de paso, nos recordó que hay escenas que no se cortan, se guardan para cuando el corazón esté listo.

 
 
 

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2019 Jessica Fernández Bogado

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