El de nombre y apellido compuesto

Actualizado: 26 ene

Llevo días con el blog abierto, viendo la pantalla en blanco y observando mis dedos temblar sobre el teclado. Los pensamientos desordenados no me daban oportunidad de arrojar aquí lo que estoy sintiendo, las palabras alborotadas y sin forma hacían que nada tuviera sentido, ni en mi vida ni en la escritura. No sabía por dónde comenzar, no sabía cómo estructurarlas... hasta hoy, así que aquí les va.


Era enero del 2009 y mi primer día como estudiante de intercambio en un nuevo país finalmente llegó. Estaba con 19 años viviendo en otra ciudad, experimentando todo lo que eso implica: una nueva cultura, nuevos compañeros, maestros de diversos estilos y una universidad preciosa ubicada en la colonia Mixcoac, en la caótica y multicultural Ciudad de México. Recuerdo que para poder convalidar materias elegí tomar clases en dos salones y con grupos diferentes, en uno de ellos estaba un chico de nombre:

José Miguel Ponce de León Serrano (¿ahora entienden el título de este blog?).


Cuando se presentó lo primero que pensé fue "tiene nombre rimbombante, como de telenovela rosa que se emite a las 3 de la tarde". De dónde vengo, los nombres compuestos no son tan comunes y los apellidos tampoco. José Miguel (o Jomi, como me pidió que lo llamara) se sentaba hasta el fondo, tenía ojos chiquitos, nariz prominente y hablaba un montón, desde el primer día me saludó y se ofreció como suerte de guía turístico, a mostrarme donde quedaba cada lugar de esa universidad: la biblioteca, el jardín, la cafetería, rectoría, el estudio de radio y televisión y hasta las flautas y los tacos más ricos que se vendían saliendo del campus en un pequeño callejón. Ese era Jomi.


Nunca se me dio hacer amistad con mujeres o al menos se me dificulta más. Como hermana menor de dos varones quizás de manera inconsciente es más fácil para mí, interactuar con el género opuesto y no me sorprendió que esa conexión tan única, genuina y real, cargada de cariño del bueno haya sucedido con José Miguel. Así que sin darnos cuenta nos adoptamos, creo que le caí tan bien como Él a mí, nos volvimos muy cercanos casi casi como hermanos. Y eso, estando tan lejos de la familia, los amigos, de mi país, fue muy importante y necesario. Me sentí querida, protegida y contenida. Ese era Jomi.


José Miguel me integró a su grupo de amigos, me acompañó varias veces caminando o en metrobus después de clases a mi departamento ubicado en la Colonia Guadalupe Inn sobre la calle Guty Cárdenas, hablábamos de miles de temas (trascendentes y superficiales) mientras reíamos a carcajadas, me convenció de abrir una cuenta en twitter y me cuidó cuando en un par de fiestas se me pasaron las copas. Era el típico amigo que te decía "Ok Jess, es hora de irnos", de esos que tenía sus principios muy marcados, podía confiar que me dejaría en la puerta de mi casa sana y salva. Era pues, una amistad inocente y hermosa de juventud. Cuando me tocó partir, nos prometimos nunca dejar de hablarnos, de procurarnos y de estar al pendiente el uno del otro. Esa promesa se cumplió.


El tiempo pasó y ya me encontraba de regreso en Paraguay, pero nuestra amistad continuó a distancia y de manera virtual, nos mandábamos mensajes o correos electrónicos para preguntar cómo iba la vida, nos contábamos de viejos y nuevos amores, de corazones rotos. De nuestras primeras experiencias laborales, de la familia, de nuestros sueños y aspiraciones. Recuerdo que en 2011 me tocó atravesar un momento dolorosísimo con uno de mis hermanos y fue de los primeros en contactarme, en preguntar cómo estaba y cómo habíamos manejado la situación. Le pedí ayuda con la edición de un video donde amigos de Santiago (mi hermano) le mandaban mensajes de aliento y queriéndole pagar por su trabajo, su respuesta automática fue "¿Cómo crees Jess?, esto lo hago porque te quiero y porque, aunque no conozca a Santi es tan hermano mío como tuyo". Ese era Jomi.


3 años después de aquella despedida, regresé a vivir permanentemente a México y retomamos contacto. Alguna noche de sushi o cervezas, llamadas telefónicas, mensajes de whatsapp, inventábamos cualquier excusa para no perder contacto. Jomi estuvo en mi boda y en cada uno de mis cumpleaños, era mi proveedor oficial de stickers y el único en quién confiaba cuando iba a hacer alguna compra en Amazon.


Varios años después, tocó mudarme de ciudad. Fue una etapa dura y compleja, distanciada de esa red de soporte que construí con mucho esfuerzo en Ciudad de México. Pasó un año y resulta que Jomi se encontraba de visita en esa ciudad (desconocía esto) y organizó de manera sorpresiva una comida para vernos. Cuando entró por la puerta de aquel restaurante no pude evitar las lágrimas y corrí a abrazarlo, mi corazón estallaba de emoción, estaba inmensamente feliz, no podía dejar de sonreír, recuerdo que me dijo "¡Sorpresa Jess!, ya mañana nos regresamos pero algo que no podía pasar es NO verte, todo esto estuvo fríamente calculado". Ese era Jomi.


Llegó la pandemia y nuestra forma de contacto se volvió totalmente digital, pero nunca dejamos de hablarnos, de saber el uno del otro. Me contó de su nuevo trabajo y de lo feliz que estaba con Lore su novia, me mandó fotos de su nuevo departamento, ese hogar que empezaron a construir juntos. Me apoyó cuando la ansiedad y los ataques de pánico no dejaban de tocar a mi puerta, me dio su reseña sobre unos micrófonos que quise comprar hace unas semanas y me mandó una última selfie posterior a su primer vacuna contra el COVID.


José Miguel dejó este plano terrenal hace unos días.


Hoy no planeo hablar de cómo murió, sino de cómo vivió. Orden en mi caos, decidí escribir sólo algunos de los innumerables recuerdos que me dejó porque sería muy egoísta no compartir las historias de aquel increíble ser humano que me tocó llamar amigo. Mejor amigo.


Jomi era la extensión de sus padres Jorge y Norma. Educado, con valores y principios, buena gente, con buenos cimientos, "de buena madera" como digo yo. Venía de una familia hermosa, hermano mayor de Juan Pablo y Andrea, cruzazulino hasta el tuétano, bromista a todo lo que da, dueño de una risa muy particular y dador de abrazos apretados que lo curaban todo.


Y me puse a pensar, en lo bonito que se siente saber, leer y escuchar todo lo que dicen de Él, de su forma de ser, de la empatía que lo caracterizaba, de ese don de saber escuchar y el amor que tenía por los demás. José Miguel era único, auténtico y muy especial, era de esas personas con quien te sentías cómoda al hablar, sin filtros, sin tapujos, impactó tantas vidas porque junto a Él podías ser auténticamente tu mismo.


Me siento afortunada que el universo haya conspirado para que nuestros caminos se cruzaran, de que un capítulo importante de mi vida lo haya vivido junto a Él. Y mientras el cielo orquesta una gran tormenta acá en mi casa, reflexiono que el día que me toque partir, que increíble seria que me recuerden como hoy todos recordamos a José Miguel.


Entre líneas rotas hoy dejo escapar mi dolor, disfrazado de palabras desordenadas en esta suerte de blog. Hoy me duele su partida, muy pronta. Hoy escribo con la hiel que significa perder a un amigo, Casi como hermano diría yo. Escribo con un nudo en la garganta que a veces no me deja respirar, con la amargura que significó recibir esa llamada que me paralizó y me hizo temblar.


Pero también escribo para sanar. Para llorarlo, soltarlo y que vuele como esa golondrina que entró a mi casa el día de su partida. Vaya, en mi locura siento que fue Él quien en forma de ave sigilosamente se metió a la sala, dio unas cuantas vueltas y salió por la ventana para hacerme entender que Él no murió, simplemente trascendió y pasó rápidamente a darme su "hasta pronto Jess" porque para mi no fue un adiós.


¡Te voy a extrañar y jamás te voy a olvidar narigón!

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