El profundo Guairá

Volver al campo paraguayo hace que todos mis sentidos se afinen, que regrese a mi centro y reconozca mis raíces. Es pues el lugar donde el tiempo se detiene en ese infinito campo verde con olor a yerba y cielo azul celeste, que sin que lo pida despierta una sensación familiar dentro mío haciéndome parte de ese fascinante paisaje, de ese calor de verano envolvente.

"Rancho San Felipe"

Llevo viviendo fuera de Paraguay casi diez años, sumándole otros tantos que me tocó residir junto con mis padres y hermanos en tierras muy lejanas a este caluroso país. Pero algo muy particular que me sucede es que, a pesar de haber pasado más de la mitad de mi vida fuera de aquí siempre que me preguntan de donde soy orgullosamente menciono que soy de tierra guaraní, de un pequeño país sudamericano donde se habla dos idiomas, donde tenemos una vegetación generosa y una tierra fértil que hace germinar cualquier tipo de semilla, comento de la nobleza de mi gente, de nuestra gastronomía y de esa bebida refrescante llamada tereré que normalmente se comparte con motivo de una amena charla, pero hoy (pandemia de por medio) a obligado a experimentar este ritual de manera individual.

Comedor de "Rancho San Felipe" casa de mis bisabuelos.

Hace un par de fines de semana me tocó visitar un lugar del cual mi padre siempre me habla: "Rancho San Felipe" en el Departamento del Guairá. La carretera que pasa por allí es de tierra roja, ese intenso color sangre que tanto caracteriza a mi país, que tiñe los pies, fina y sutil como el polvo de arcilla. Protegido por varios árboles, vacas, gallinas y algunos pocos vecinos, el angosto camino nos dirige hacia la doble puerta de entrada a un inmenso terreno rico en vegetales, enormes árboles que dan sombra y muchos animales. Después de varias horas de manejar adentrándonos al profundo Guairá, llegamos. El olor de la leña anunciaba un almuerzo digno a la familia Bogado: abundante, delicioso, hecho con amor. Aquí en una humilde casa, nacieron mi abuela Pitú y sus 8 hermanos, aquí mi padre pasó varias vacaciones de niño y aquí cuando me bajé del auto, automáticamente experimenté un sentimentalismo inesperado. No es menos, estaba conociendo mi origen, un pedacito de mis historia, de mi patria.

Mi madre manejando y mi padre guiando el camino.

A lo lejos vi sentada en una "silla cable" a mi Tía Antonia, hermana de mi abuela Pitú quienes con los años se han mimetizado, "cada vez se parecen más" dije por dentro, ya trae el pelo cano y un bastón en la mano, corrí hacía ella y nos dimos un generoso abrazo, apretado, intenso, de esos que se dan cuando extrañas mucho a una persona y la alegría de volverse a ver apremia el encuentro. Recordamos mis veranos en su casa de Villarrica, la enorme parralera de deliciosas uvas en su patio, las atenciones que tenía cuando me quedaba a dormir con ella junto a mi prima Silvia, lo mucho que nos consentía comprándonos un helado en la plaza de la esquina o un regalito en forma cerdo/alcancía para enseñarnos administración y finanzas. Ella sin duda siempre será mi tía abuela favorita y es que es encantadora. Tiene un risa tan particular, unas manos suaves y delicadas, inteligencia y sabiduría ejemplares, dadora de abrazos y conversaciones profundas y reales, a parte de dos que tres chismes del pueblo para darle sazón al encuentro y motivo de risa complice entre ambas. Pero sobre todo un corazón noble que con una simple mirada te hace sentir en casa y querida, esos veranos en Villarrica nunca los voy a olvidar. Fui muy feliz y guardo los mejores recuerdos de mis tiempos de infancia.

Mi amada Tía Antonia.

Saludé al Tio Simón o el "Tío Juez" como le digo yo, como de costumbre atento y caballeroso, a mis tías Lizzy y Nancy, que por la edad siempre las sentí más primas que tías la verdad. Ambas simpáticas y dicharacheras, haciendo bromas constantemente, conocí a la Tía Florinda madre de ambas, hoy residente oficial de esa casa y quien habla un fluidísimo guaraní. Me sonrojé un poco y avergoncé por no poder seguir una conversación larga con ella, "maldita reforma educativa y vida citadina que no logré aprender a hablar tan bien mi lengua nativa" me reproché. A un costado el Tío Fabian (esposo de la Tía Nancy) junto a Camilo su hijo menor, controlaban el fuego donde se cocían un par de piernas de cordero y chorizos guaireños, que con solo ver se nos hacía agua en la boca y el paladar ya no aguantaba las ganas locas de probar ese manjar. Me dio una cerveza helada para soportar el calor que no daba tregua a pesar de estar sentados bajo un enorme árbol que nos abrazaba en su sombra y el viento intentaba calmar con una tímida brisa suave el bochornoso calor de diciembre. Hablamos un largo rato y reímos como si el tiempo no hubiera pasado, Pacita (hija de Lizzy) una hermosa niña de piel muy blanca y pelo semi ondulado me invitó a jugar como si me conociera de todos sus pocos años de vida, me agarró de la mano y me recorrió la casa, me presentó a los perros (uno de ellos con ojos de desgano sorteando el calor de 40º grados debajo de una silla), las gallinas y las vacas.

Fue imposible no encajar en esta escena tan familiar. Pasamos a la casa a almorzar, una humilde y hermosa mesa puesta nos esperaba, tallarín de fideo amarillo, cordero y chorizo, postre helado, torta y pavé de durazno hecho por la tía Antonia. Reímos y bromeamos un largo rato, dando espacio a la sobremesa, ese momento ceremonial en el que cada quien debe tirar un tema y profundizar.

Unas horas después comenzó la despedida, no sin antes recibir de regalo mas de una docena de huevos caseros "para el mandi'o chyryry" pensé a mis adentros. Esos son pues, los detalles que tiene la familia paraguaya del campo, les cuesta dejarte ir y es imposible que te regreses con las manos vacías, lo ven hasta como una grosería y es que es parte de la esencia generosa que tanto nos caracteriza como nación.

La estampa de esa reunión familiar quedará por siempre en mi retina, en mi mente y en mi corazón. La sencillez de mi familia y las risas, esos momentos que hoy son parte de mi historia y que me regresan al núcleo, es una bocanada de aire puro advirtiéndome que aunque viva a 11,000 kilómetros de distancia, acá siempre tendré una casa.

Almuerzo familiar.

Negar u olvidar nuestro pasado, puede ser una práctica rutinaria que sin darnos cuenta se cuela en nuestra agenda y nos hace abandonar nuestra esencia, nuestra raíz, nuestra forma de entender de dónde venimos que es vital para trazar el camino hacia dónde queremos ir.

Si regresar a casa supone un acontecimiento anual en el que la emoción me embarga y la alegría me abraza, lo mínimo que me prometo es nunca olvidar esta increíble oportunidad de vivir un domingo familiar donde parte de mis historia comenzó hace muchos... muchos años atrás.

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